Así
- 8 sept 2016
- 2 Min. de lectura
Juana se levanta a las 7 de la mañana. Como todas las mañanas desde hace, ya, tantos días durante tantos años. Vive sola en un pequeño departamento de la ciudad de Buenos Aires. Departamento que heredó de sus abuelos, quienes la criaron desde muy pequeña. Juana era tan chica cuando perdió a sus padres que nada recuerda de ellos. Extraña mucho más a sus abuelos y desde esa pérdida arrastra con ella un alma triste, malhumorada y ausente. No sonríe con las mismas ganas y no se divierte ni le resultan entretenidas las cosas que antes si lo hacían. No sueña en días o momentos mejores, ni cree o aspira a poder recuperar la vida que fue perdiendo estos años. No tiene fe. En nada, en nadie, ni siquiera en ella misma. Está profundamente incompleta. Como todo en esa sala que aún a oscuras evidencia su vacio. No hay muchos muebles ni muchos adornos, solo hay libros y discos. Nuevos o antiguos, los hay por todos lados, correcta y prolijamente apilados sobre bancos o directamente sobre el suelo. Uno de los pocos muebles que hay es una pequeña mesa con dos sillas junto a la ventana, en una de ellas, Juana se sienta mientras bate su café y contempla la llovizna. Parece que esas mismas nubes grises del cielo de Buenos Aires también la acompañan dentro de ese mundo que había creado. Un universo carente de muchas cosas pero repleto de páginas por leer y canciones por escuchar. Esas cuatro paredes de pocos muebles y pocos adornos son su refugio, él único lugar donde se siente verdaderamente cómoda. A Juana no le gusta la gente. Detesta los cuestionamientos de las personas, las preguntas, los saludos por cortesía y las miradas de los otros; hasta las complacientes y cariñosas encuentra molestas. Escapa hasta de quienes quieren ayudarla y se esfuerzan por entenderla. Evita a sus compañeros de trabajo, a sus vecinos, a todos. No le preocupa lo que le pasa a los otros. Unta sus tostadas con mermelada, ajena a todo, sin preguntarse qué puede estar sucediendo más allá de esa ventana por la que mira. Pasa por el mundo sin pretensión de dejar o llevarse algo. Limpia sus dedos, toma un libro y se pone unos auriculares. Todas sus mañanas, tardes y noches son igualmente monótonas y rutinarias. La música y los libros son lo único que mantienen viva lo poco que queda de su alma. Sin ellos, sería mucho más triste y mucho más apagada. Aunque parezca imposible, Juana podría estar muchísimo peor. Aunque también, podría estar muchísimo mejor y; precisamente eso, es lo que está a punto de sucederle


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