De viaje
- 8 sept 2016
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Y un hombre tomó ese colectivo. Yo estaba sentada junto a la ventana escuchando mi música preferida pero de inmediato él llamó mi atención y me invitó a observarlo. Parecía tener unos sesenta y tantos largos, estaba vestido de traje y llevaba en sus manos un ramo de flores; simple ramo pero realmente hermoso. Era una especie de caballero sacado de una película romántica clásica, resultaba extraño y hasta ajeno en el montón de gente de ese colectivo. Todos observaban al hombre de reojos y él, sereno, miraba por la ventana pensando en quién sabe qué, o quién sabe quién. Casi metódicamente comencé a lucubrar algunas opciones dejando que mi loca imaginación me diera la respuesta adecuada. Podía estar llevándole las flores a su mujer. Como buen romántico quizá acostumbraba hacerlo todos los días o algún día en particular, ese ramo era el símbolo de un amor eterno. Los románticos creen que los pequeños detalles permiten que la rutina no destruya el deseo continuo que entre amantes debe existir, sin duda, el deseo seguía intacto para ellos. Podía tratarse, también, de un amor no correspondido; uno imposible, a lo Romeo y Julieta. Los prejuicios pueden separarnos y este hombre estaba decidido a romperlos y luchar por su amada. Batallar contra todo y todos por ella. O al por el contario quizá era un amor del pasado por el que nunca luchó y buscaba redimirse con el ramo de flores por su cobardía. El ramo era símbolo de ese “perdón” que siempre quiso decirle y nunca se animó. Puede, también, que el hombre amaba a alguien que no debía amar (de ahí lo imposible) y las flores eran el símbolo de lo prohibido. Eran las testigos privilegiadas de sus encuentros románticos y secretos. Evidentemente por eso las flores no llevaban una tarjeta o por eso usaba flores, mantener tu identidad secreta es indispensable si de amores prohibidos se trata. Ahora bien, quizá el hombre no quería que la destinataria de ellas supiera su identidad, un amor secreto en cuanto y en tanto él nunca lo había hecho explícito. Le llevaba flores todos los días pero nunca había podido declararle su amor. O quizá podría ser un amor posible o correspondido pero igualmente del pasado, un amor de su juventud. El buen hombre descubrió que todavía la amaba e intentaba recuperarla. La había perdido quién sabe por qué o la había abandonado, de todas formas quería luchar por tenerla otra vez. O puede (incluso) que nunca la tuvo, más quiso tenerla. El ramo flores era, entonces, símbolo de ese amor inconcluso, de su eterna espera. Justo cuando mi imaginación comenzaba a enredarse entre supuestos y ninguna certeza el hombre se levantó y se dirigió a la puerta del colectivo. Por instinto me puse de pie y me pare a su lado. Mi cuerpo había decidido seguirlo y no buscaba contradecir tal decisión. Finalmente descubrí a quien llevaba esas benditas flores. Pero, claro, esa otra historia.


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