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Ciegos

  • 8 sept 2016
  • 3 Min. de lectura

BAR IGUAL A CUALQUIER OTRO,

EN ALGUNA PARTE DEL MUNDO IGUAL A OTRA.

Agobiado, sentado, apoyado, sosteniéndose sobre la barra de ese viejo y lúgubre edificio está el hombre. Desprolijo desde sus pies hasta su pelo oscuro y grasoso, presenta una imagen desagradable para quien lo mire. Su ropa está sucia, inmunda y exhibe un olor nauseabundo. No habla pero es evidente que hay algo que lo perturba. Todo es horrible en ese lugar. Las paredes avejentadas están llenas de humedad. El suelo cubierto de polvo. Todas las sillas y mesas presentan roturas y están descuidadas. La oscuridad es latente, algunas lámparas ya no funcionan. El pobre hombre mira fijo su taza de café. Su mano temblorosa la conduce hasta su boca que de a pequeños sorbos consume lo poco que queda en ella. La taza está repleta de grietas, como todo lo que hay en ese bar. Traga con dolor, con dificultad. El temblor en sus manos evidencia aún más su malestar, su incomodidad y su fastidio.

Todos alrededor miran al hombre. Todos se jactan de ser mejores que él. Nadie parece comprenderlo o tenerle piedad. Ni siquiera buscan disimular sus críticas. Sus almas son aún más horrorosas que todo lo que hay allí. Meno desprecian a ese hombre porque creen ser mejores, porque piensan que solo ellos tienen derecho a estar ahí. Murmuran o gritan demasiado y dicen muy poco. Sus voces son el ruido predominante de ese lugar, son el molesto ruido de esa ciudad; igual a otras como todo en este ruidoso mundo. El hombre no comprende lo que sucede a sus espaldas. Agotado mental, físicamente busca su salida.

Moribundo, se pone de pie e intenta caminar. En su camino un ciego se interpone en su paso. Éste, se mueve con dificultad, con la fuerza que su cuerpo y su instinto se lo permiten. Su lentitud en su accionar es inversamente proporcional a su actitud desafiante, incluso a su tamaño corporal. Cruza su viejo bastón en el camino, perfectamente, sin rozarlo. El hombre alza la vista. Sus ojos perdidos parecen no ver realmente al anciano, no reconoce que su aparente enemigo es ciego. Su mano sigue temblando, incluso aún más y una voz interior le repite:

Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla. Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla. Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla.

El hombre efectúa un único y leve golpe al anciano y lo derriba al instante. El ciego parece no querer contrarrestarlo. No ejerce defensa, acepta manso su caída. El hombre enfurecido se siente por primera vez importante y lo golpea con más violencia de la que creía tener. Sin quererlo, ahora, se ve igual a las personas de ese mundo sectario. De igual forma se cree mejor que ese anciano y lo desafía en una postura pedante, condición muy distinta a su aparente esencia; a la que había demostrado. De esta manera, es uno más en ese bar. Se siente parte de ese todo y puede mirar a los ojos a todos, sin miedo alguno.

Sin dudarlo, el hombre, le arranca su bastón al ciego y le lastima las piernas. Lo hiere hasta sentirse, otra vez, completamente cansado. Nadie de ese lugar reacciona. Todos observan el espectáculo sin participar ni tomar partida por uno o por otro. Pareciera que eso que sucede es bien conocido por todos, que pertenece a la cotidianeidad de sus días. Golpea tanto que descarga toda su energía y aliento en su ataque. Cada acto de violencia le quita un poco de vida, esa vida que crea haber recuperado al verse por primera vez más fuerte que otro. El hombre se deja caer al suelo abatido por el cansancio. Al instante en que se acomoda en él, el anciano parece tomar fuerza. Despacio pero constante, tanteando el suelo, el ciego se incorpora y se pone de pie. Con cada movimiento adquiere mayor fortaleza. El hombre apoyado en el suelo y dolorido como si él hubiese sido víctima de la golpiza observa con devoción lo que sucede ante sus ojos. El ciego sonríe y dice:

Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla.

Todos creen o creían ser mejores pero nadie es distinto en ese lugar. Todos son esclavos de una fuerza superior, quién sabe cuál, que los ha vuelto ordinariamente iguales.

Igualmente débiles. Igualmente ciegos.


 
 
 

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